ESPAÑA TIERRA DE MARÍA

ESPAÑA TIERRA DE MARÍA

domingo, 22 de abril de 2018

Voy a comulgar…
 El sacerdote ha pronunciado las palabras terribles, que la piedad carnal llama consoladoras: "Señor, yo no soy digno...". Jesús va a llegar, y debo prepararme para recibirlo, y no tengo más que un minuto... dentro de un minuto Él estará en mi morada.
     Yo no recuerdo haber barrido esta casa, donde Él va a entrar como un rey o "como un ladrón"; pues no sé qué pensar de esta visita. ¿He limpiado siquiera alguna vez mi morada de impudicia y de carne?
     La miro, con una pobre mirada de espanto, y la veo llena de polvo y basuras. En toda ella hay un olor a putrefacción y a inmundicia. No me atrevo a examinar sus rincones. En los sitios menos oscuros, advierto manchas horribles, antiguas y recientes, que me recuerdan que he masacrado a inocentes, -¡a cuántos inocentes y con qué crueldad!-
     Las paredes están cubiertas de podredumbre y su fría humedad me hacen pensar en las lágrimas de tantos desdichados que me han implorado en vano, ayer, anteayer, hace diez, veinte, cuarenta años... Pero ¡qué!... Allá, delante de esa puerta descolorida, ¿qué monstruo es ese, que no había visto antes, y que se parece a uno que a veces entreveo en el espejo?...
     ¡Ah, verdaderamente es necesario ser Dios para entrar sin temor a semejante casa!
    ¡Y Él ya está llegando! ¿Cuál será mi actitud, qué voy a decir, qué voy a hacer? Absolutamente nada.
     Antes de que El haya transpuesto el umbral, yo no estaré ya ahí, habré desaparecido, no sé cómo, pero estaré infinitamente lejos, entre las imágenes de las criaturas. El entrará solo, y limpiará Él mismo la casa, ayudado por su Madre, cuyo esclavo pretendo ser, y que en realidad es mi humilde sierva. Cuando Ellos hayan partido, el Uno y la Otra, para visitar otras cavernas, yo regresaré y traeré otras inmundicias…

                                                                      LÉON BLOY  (1912 - FRAGMENTO DE SU DIARIO)        

sábado, 24 de marzo de 2018

DIEZ ARMAS QUE UTILIZA EL DEMONIO PARA QUE DEJES LA ORACIÓN (II)

SEMBRARTE DUDAS SOBRE LA EMOCIÓN QUE DEBES ESPERAR CUANDO ORAS
     Él te puede engañar con la creencia de que tus oraciones no van a ninguna parte, no sientes ninguna emoción y sentimientos fuertes cuando orasAntes tenías sentimientos y sensaciones como por ejemplo en ese primer retiro carismático que hiciste, pero ahora las emociones han bajado y la oración es menos emocionante, más tranquila y pacífica.
     Cualquier buen director espiritual o texto de teología de la oración señalarán que la oración no siempre depende de los sentimientos, sino de la fidelidad a Dios.

LA DUDA CUANDO DIOS ES SILENCIOSO Y NO RESPONDE 
     Si no me contesta, entonces quizás Él simplemente no exista. por alguna intención específica, tal vez hiciste novenas u ofreciste misas, pero esta intención no ha sido contestada.
     El diablo puede convencerte de no orar, o que la oración es un ejercicio inútil, una mera pérdida de tiempo. Para algunos, el diablo pinta a Dios como parecido a Papá Noel en el cielo o un genio listo para salir fuera de la lámpara si frotamos lo suficiente. 

DUDAS ANTE LA AUSENCIA DE DIOS EN LOS DESASTRES 
     Quizás algún desastre te haya visitado: una pérdida económica, un revés financiero, o una muerte prematura de un ser querido. ¿Cómo puede un Dios bueno permitir que eso suceda? Un buen Dios no podría permitir eso, si en verdad Él fuera tan bueno.
     Nuestra salvación podría estar explicada en el libro de Job: “Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a la tierra; el Señor nos da, el Señor nos quita, bendito sea el nombre del Señor”.

TENTACIONES CONTRA LA PUREZA Y CASTIDAD 
    Ha sucedido Incluso en la vida de los santos – Santa Catalina de Siena, Santa Margarita María y San Antonio – de haber sido atacados con frecuencia contra la virtud de la pureza.
     El diablo usa muchas y diversas formas de tentaciones para disminuir nuestra vida de oración o incluso apagarla.

DESESPERACIÓN 
     Quizás el ataque más mortal del enemigo es convencernos de ceder a la desesperación. Esta fue la caída de Judas Iscariote. Si él se hubiera arrepentido, tal vez tendríamos a través de todo el mundo iglesias con el título: “San Judas el penitente”.
     Pedro se arrepintió, fue perdonado y se convirtió en un gran santo.

     Después que caemos en el pecado el diablo nos acusa y condena y nos induce a la fatalidad y la desesperación. El Espíritu Santo nos consuela y nos anima con la confianza y la esperanza en la misericordia infinita de Dios. ¡Jesús, Yo confío en Ti!
En conclusión:

     Debemos aferrarnos a la oración como si fuera un chaleco salvavidas, el aire que nos mantiene vivos, el ancla para nuestra salvación. Si el diablo nos tienta a abandonar la oración o rezar menos, entonces debemos seguir el consejo ignaciano de “agere contra” (actuar a la inversa) hacer exactamente lo contrario. Esforzarse por orar más y mejor; de esta manera, vamos a ganar la batalla.

domingo, 4 de marzo de 2018

DIEZ ARMAS QUE UTILIZA EL DEMONIO PARA QUE DEJES LA ORACIÓN (I)


     El diablo puede atacar en cualquier momento y en cualquier lugar. Sin embargo, hay un área en la que es más propenso a atacarnos: nuestra vida de oración.
     San Pedro compara al diablo con un león rugiente que busca la oportunidad para devorar a su presa. San Ignacio nos recuerda que el diablo nos ataca cuando nos encuentra en un estado de desolación. (Por la desolación nos referimos a una cierta falta de fe, esperanza y amor, con la tristeza y el desánimo que lleva a la depresión, la tibieza y el letargo. Nuestra visión sobrenatural se hace borrosa, oscura y sombría. Puedes sentir como si estuvieras en una nube oscura o en un túnel largo y oscuro que parece como si en realidad no hay salida. Este es el estado del alma cuando el diablo apunta sus dardos de fuego y los lanza).
     Veamos 10 maneras en que el tentador (según santo Tomás), el león rugiente (según san Pedro), el perro enojado en la correa (según san Agustín), el enemigo mortal de nuestra salvación (según san Ignacio), el mentiroso y asesino desde el principio (según Jesús en Jn. 8), el diablo, puede atacarnos en nuestra vida de oración.

DILACIÓN, DEJARLO PARA OTRO MOMENTO
     Posponer la oración, Él puede tentarnos con esto:
   “En realidad no hay prisa para nada; sólo hay que quitar tu oración por la mañana. Dios entiende; él conoce tus pensamientos y sentimientos de todos modos. Dios no tiene ninguna prisa, ni tu deberías tenerla

ORAR MENOS
     Si el diablo no puede ganar haciendo que pospongas la oración por la mañana, entonces por lo menos que ores menos. En lugar de una Hora Santa, disminuirla a media hora; renunciar a la misa diaria...
   Sólo tienes que ir a misa el domingo de todos modos. ¿El Rosario? En lugar de todo el Rosario, el diablo tratará de reducirlo gradualmente a una o dos decenas.

DISTRACCIONES EN LA ORACIÓN
     Otra táctica del diablo es sacar tu mente fuera de lo que estás haciendo cuando rezas.
   En lugar de centrarte en Dios, que termines de centrar tu atención sobre un tema irrelevante, como es la comida siguiente, quien está jugando en un evento deportivo, lo que vas a hacer el fin de semana

LA CULPA POR ‘PERDER EL TIEMPO’
     El diablo es implacable en sus ataques a la persona que ha decidido entregarse a una vida de oración seria. La Palabra de Dios nos recuerda: “Si decides seguir al Señor prepárate para la batalla”.
   El diablo puede tentar de esta manera: estás malgastando tu tiempo en la oración. Mucho mejor si salieras a  ayudar a tu prójimo”. ¿Te acuerdas de Jesús con Marta y María? El diablo empuja al activismo para convencernos que nuestro trabajo es mucho más importante que la vida de oración y la conversación con el Señor. Recuerda que Jesús fue en defensa de María, que sentada a los pies de Él y en silencio lo escuchaba como un verdadero modelo para la contemplación.

QUE SIGAS SIENDO LA MISMA PERSONA 
     Estás orando más que antes, pero realmente no eres mejor, muchas personas te lo han dicho; por lo tanto, es mejor renunciar a una vida de oración seria y volver a un estilo normal, cómodo y fácil de vida como la mayoría de tus amigos y familiares.
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martes, 13 de febrero de 2018

CINCO CAMINOS DE PENITENCIA
     ¿Queréis que os recuerde los diversos caminos de penitencia? Hay ciertamente muchos, distintos y diferentes, y todos ellos conducen al cielo.
     El primer camino de penitencia consiste en la acusación de los pecados: Confiesa primero tus pecados, y serás justificado. Por eso dice el salmista: Propuse: «Confesaré al Señor mi culpa», y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. Condena, pues, tú mismo, aquello en lo que pecaste, y esta confesión te obtendrá el perdón ante el Señor, pues, quien condena aquello en lo que faltó, con más dificultad volverá a cometerlo; haz que tu conciencia esté siempre despierta y sea como tu acusador doméstico, y así no tendrás quien te acuse ante el tribunal de Dios.
     Éste es un primer y óptimo camino de penitencia; hay también otro, no inferior al primero, que consiste en perdonar las ofensas que hemos recibido de nuestros enemigos, de tal forma que, poniendo a raya nuestra ira, olvidemos las faltas de nuestros hermanos; obrando así, obtendremos que Dios perdone aquellas deudas que ante él hemos contraído; he aquí, pues, un segundo modo de expiar nuestras culpas. Porque si perdonáis a los demás sus culpas -dice el Señor-, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros.
     ¿Quieres conocer un tercer camino de penitencia? Lo tienes en la oración ferviente y continuada, que brota de lo íntimo del corazón.
     Si deseas que te hable aún de un cuarto camino, te diré que lo tienes en la limosna: ella posee una grande y extraordinaria virtualidad. También, si eres humilde y obras con modestia, en este proceder encontrarás, no menos que en cuanto hemos dicho hasta aquí, un modo de destruir el pecado. De ello tienes un ejemplo en aquel publicano, que, si bien no pudo recordar ante Dios su buena conducta, en lugar de buenas obras presentó su humildad y se vio descargado del gran peso de sus muchos pecados.

     Te he recordado, pues, cinco caminos de penitencia: primero, la acusación de los pecados; segundo, el perdonar las ofensas de nuestro prójimo; tercero, la oración; cuarto, la limosna; y quinto, la humildad.
     No te quedes, por tanto, ocioso, antes procura caminar cada día por la senda de estos caminos: ello, en efecto, resulta fácil, y no te puedes excusar aduciendo tu pobreza, pues, aunque vivieres en gran penuria, podrías deponer tu ira y mostrarte humilde, podrías orar asiduamente y confesar tus pecados; la pobreza no es obstáculo para dedicarte a estas prácticas. Pero, ¿qué estoy diciendo? La pobreza no impide de ninguna manera el andar por aquel camino de penitencia que consiste en seguir el mandato del Señor, distribuyendo los propios bienes --hablo de la limosna--, pues esto lo realizó incluso aquella viuda pobre que dio sus dos pequeñas monedas.
     Ya que has aprendido con estas palabras a sanar tus heridas, decídete a usar de estas medicinas, y así, recuperada ya tu salud, podrás acercarte confiado a la mesa santa y salir con gran gloria al encuentro del Señor, rey de la gloria, y alcanzar los bienes eternos por la gracia, la misericordia y la benignidad de nuestro Señor Jesucristo.

San Juan Crisóstomo

sábado, 10 de febrero de 2018

LA COMUNIÓN ESPIRITUAL OBRA MILAGROS
Una devoción para cuando no puede hacerse sacramentalmente y que tiene entidad propia.


Los tres pasos de la comunión espiritual

     El concepto es sencillo: comulgar espiritualmente consiste en desear comulgar sacramentalmente, alimentando ese deseo con los mismos afectos y determinaciones con que nos preparamos a hacerlo en la misa.
     Pero una idea tan simple envuelve un misterio infinito, sobre el que llamó la atención Santo Tomás de Aquino en la Summa Theologica: “Comer espiritualmente a Cristo es también recibir espiritualmente el sacramento”. Es decir, que puede producir los mismos frutos, aunque no ex opere operato (por la misma fuerza del sacramento) sino ex opere operantis (según las disposiciones del fiel).
     De ahí que el Concilio de Trento la recomendara en tiempos en que la negación luterana de la transustanciación había enfriado o extirpado la devoción eucarística. Como asimismo lo hicieron San Francisco de Sales y San Alfonso María de Ligorio, dos grandes maestros de la vida moral, cuando los estragos de la Reforma, primero, y la fiebre de la desviación jansenista con su rigorismo extremo, después, alejaban a los cristianos de su alimento natural.
     No está prescrita ninguna oración específica, pero sí 
son precisos tres pasos.

     Primero, un acto de fe en la presencia real de Cristo bajo las especies eucarísticas.

     Segundo, el deseo de tomarlo sacramentalmente y unirse en intimidad con Él.

     Tercero, petición de alcanzar las mismas gracias que si nos la diera el sacerdote.

     Si se cumplen estos requisitos, pueden ganarse las indulgencias que la Iglesia otorga a quienes practican esta devoción, aunque es requisito para esto último, como es obvio, el estado de gracia. Y con la frecuencia que se desee: “Cualquier devoto puede cada día y cada hora comulgar espiritualmente con fruto” si tiene “buena voluntad y devota intención” de hacerlo sacramentalmente, dice Tomás de Kempis en la Imitación de Cristo.

Tres milagros de la comunión espiritual

     A veces Dios la premia con el aviso del Sermón de la Montaña (“¿Quién de vosotros, si un hijo le pide pan, le dará una piedra?”) y se obra el milagro de la administración sobrenatural de la Eucaristía.
San Buenaventura, ya agónico, sufría continuos vómitos y no podía soportar la Sagrada Hostia. En el lecho de muerte, pidió tenerla junto al pecho para hacer una última comunión espiritual. Fue entonces cuando, a la vista de los hermanos presentes, un ángel extrajo una partícula del copón y la introdujo en el corazón del moribundo.

El Jueves Santo de 1250, dos fervorosos franciscanos de Gaeta (Italia) se preparaban para comulgar en los oficios, cuando el superior les envió a limosnear pan. Al regresar al convento, el sacramento ya había sido administrado. Así que se arrodillaron ante el altar para hacer una comunión espiritual: “La obediencia”, protestaban ante el sagrario, “nos ha privado del consuelo de recibiros; no nos privéis, al menos, de vuestra divina bendición”.
Hubo algo más que eso. A los pocos instantes el mismo Jesús salió del monumento: “Yo soy el Salvador a quien invocáis, he escuchado vuestros deseos y voy a satisfacerlos”. Y les dio de comulgar, además de dejar en el pavimento del altar las huellas de sus pies, todavía hoy objeto de veneración.

O está el caso que refiere el capuchino Fray Ambrosio de Valencina (1859-1914) sobre una niña, Rosalía, cuya santidad intrigaba a su amiga Conchita. Un día la sorprendió en su habitación, de rodillas ante el Sagrado Corazón, con el rostro encendido y “como fuera de sí”. “Estoy comulgando”, le dijo, y le explicó que se trataba de “la comunión espiritual, para estar más estrechamente unida con Jesucristo deseando ardientemente recibirle y tenerlo en el corazón”. Rosalía confesó a su amiga que todas las noches se acostaba deseando amanecer en el cielo. Aquel verano, Rosalía se despertó con el Sol una mañana y consagró el primer instante, como hacía siempre, a su devoción favorita. Su ángel de la guarda, a quien Jesucristo había ordenado llevarla ese día al Paraíso, aprovechó tal ímpetu de amor divino para cumplir el mandato.